Los dos sacos

Hay una antigua leyenda acerca de tres hombres, cada uno de los cuales, cargaba dos sacos, sujetos a sus cuellos: uno al frente y el otro a sus espaldas.
Cuando al primero de ellos le preguntaron que había en sus sacos, él dijo:
-“Todo cuanto de bueno me han dado mis amigos se halla en el saco de atrás, ahí fuera de la vista, y al poco tiempo olvidado.” El de adelante contiene todas las cosas desagradables que me han acontecido y, en mi andar, me detengo con frecuencia, saco esas cosas y las examino desde todos los ángulos posibles. Me concentro en ellas y las estudio. Y dirijo todos mis sentimientos y pensamientos hacia ellas.
Como el primer hombre siempre se estaba deteniendo para reflexionar sobre las cosas desafortunadas que le habían sucedido en el pasado, lograba avanzar muy poco.

Cuando al segundo hombre le preguntaron qué era lo que llevaba en sus dos sacos, este respondió:
– “En el saco de enfrente están todas las buenas acciones que he hecho. Las llevo delante de mí y continuamente las saco y las exhibo para que todo mundo las vea. Mientras que el saco que llevo atrás, contiene todos mis errores. Los llevo consigo a dondequiera que voy. Es mucho lo que pesan y no me permiten avanzar con rapidez, pero por alguna razón, no puedo desprenderme de ellos.”

Al preguntarle al tercer hombre sobre sus sacos, él contestó:
-“El saco que llevo al frente, está lleno de maravillosos pensamientos acerca de la gente, los actos bondadosos que han realizado y todo cuanto de bueno he tenido en mi vida. Es un saco muy grande y está lleno, pero no pesa mucho. Su peso es como las velas de un barco -lejos de ser una carga- me ayudan a avanzar. Por su parte, el saco que llevo a mis espaldas está vacío, pues le he hecho un gran orificio en el fondo. En ese saco, puse todo lo que de malo escuché de los demás, así como todo lo que de malo a veces pienso de mí mismo. Esas cosas se fueron saliendo por el agujero, y se perdieron para siempre, de modo que ya no hay peso que me haga más penoso el trayecto.”

El visitante inesperado

Hace cientos de años, en algún lugar de Europa oriental, vivían un hombre muy pobre y su esposa. Sus nombres eran Josef y Rebela, y su hogar, no mas que una casucha. Su única posesión era una escuálida vaca, de cuya leche y queso se alimentaban y obtenían ganancias.
Una tarde, poco antes del ocaso, Josef escucho que tocaban a la puerta. Cuando la abrió, quedo boquiabierto por la sorpresa.
Ante él se encontraba el hombre conocido como el mas grande kabbalista del mundo, el Baal Shem Tov, “el maestro del nombre divino”. Venia acompañado por unos alumnos, que respetuosamente permanecían detrás de él.
– Hemos viajado todo el día y pronto será de noche – dijo el el Baal Shem Tov . ¿Podemos cenar contigo?.
– Claro, claro, – respondió Josef, haciéndose a un lado mientras el maestro y sus alumnos entraban a la choza.
En ese momento, Rebeca, que estaba junto a la estufa, miro por encima de su hombro. La presencia del gran maestro la sorprendió y asusto un poco.
– -Muy bien – dijo el el Baal Shem Tov, mirando a su alrededor, pero tengo que decirte que después de nuestros viajes, a mis alumnos y a mi nos da mucha hambre. Nos gustarían algunos finos cortes de carne, verduras frescas y por supuesto un poco de buen vino.
– Tu puedes darnos esto ¿verdad?
Josef dudo un momento, pero luego asintió con entusiasmo.
– ¡Oh, si, si! -dijo-. Este es un gran honor para nosotros y queremos darles todo lo que deseen. Solo permítame hablar con mi esposa un momento.
El hombre y Rebeca se apartaron en una esquina de la habitación.
– ¿Qué vamos hacer? – pregunto Rebeca ansiosamente. ¿Cómo vamos a darle a estos hombres lo que quieren?. No tenemos carne ni verduras y el vino que bebemos no es digno del Baal Shem Tov.
Josef reflexiono un momento y dijo:
– Solo hay una cosa que podemos hacer: tengo que vender la vaca para comprar comida. ¡No hay tiempo que perder!.
Antes de que su esposa pudiera protestar, Josef salió por la puerta rápidamente.
Menos de una hora después, Josef regresó con los alimentos que el Baal Shem Tov habia pedido y Rebeca se apresuro a prepararlos. Josef y Rebeca se sorprendieron al ver la manera en que el gran kabbalista comía y comía, bebía y bebía. Tan pronto terminaba un plato, pedía otro.
¡Era como una maquina! Incluso sus alumnos estaban sorprendidos. Parecía que el Baal Shem Tovse había propuesto vaciar la despensa ¡ y eso era lo que estaba haciendo!
Luego de pasar el ultimo bocado, el Baal Shem Tov hizo su silla hacia atrás y se puso de pie.
– ¡Estuvo delicioso! Les agradezco mucho – dijo -. Ahora que hemos recargado energías para el camino, nos retiramos.
En un instante, él y sus alumnos se fueron tan de improviso como habían llegado.
– ¡Ahora si la hicimos buena! – dijo Rebeca cuando la puerta se cerro detrás de los visitantes. Ya no tenemos nada, ¡ni siquiera esa escuálida vaca!. ¿Qué vamos hacer Josef?.
– ¡Vamos a morir de hambre!
Incapaz de ver llorar a su esposa, Josef abrió la puerta y salió a la helada noche.

Pronto se encontró caminando por el bosque, totalmente perdido. ¿Cómo iba a resolver la terrible situación a la que él y Rebeca se enfrentaban?. Entonces, sin pensar, Josef cerro los ojos, cayo de rodillas y empezó a rezar. Rezo desde el fondo de su corazón, pidiendo todo lo que nunca había tenido, no solo él, también su esposa que había sufrido tanto.

En ese instante, Josef escucho el crujido de unas ramas detrás de si, al abrir los ojos vio a una persona entrar tambaleante en el claro. Era un anciano, bien vestido pero despeinado, y que a toda luces había estado bebiendo. Cuando su mirada se cruzo con la de Josef, sus ojos brillaron de alegría.
– Me alegra tanto que haya alguien aquí – dijo el anciano arrastrando las palabras.
– No quiero morir solo.
– ¿Morir? – exclamo Josef poniéndose de pie. No vas a morir, solo has bebido demasiado.
Pero tan pronto como Josef estiro la mano para estabilizar al anciano, éste dio un suspiro y cayo al suelo. Cuando Josef se arrodillo a su lado, el hombre le contó una historia sumamente triste.
Era un hombre muy rico, pero a su familia lo único que le importaba era el dinero. De hecho, como buitres, solo estaban esperando que muriera para echar mano a su fortuna.
– Pero se van a llevar una sorpresa – dijo el anciano, sonriendo con amargura. No saben que he enterrado el tesoro en el bosque. ¡ No tendrán nada porque no merecen nada!
– Lamento que le haya ocurrido todo esto contesto Josef. Hace frío y necesita un lugar cálido para descansar.
– El anciano solo negó con la cabeza. Es demasiado tarde para eso – dijo – .
– Pero tu has sido muy amable conmigo. No me habían tratado asi en años, asi que voy a corresponder tu amabilidad. Mira…
El anciano metió la mano en el bolsillo de su saco, pero súbitamente empezó a toser y sus ojos se cerraron. Josef se inclino rápidamente para ayudarlo, pero el hombre había muerto. Josef estaba mas asustado y confundido que nunca. Sin embargo, al mirar el cuerpo que estaba a su lado, vio que justo antes de morir el hombre había sacado un trozo de papel de su bolsillo. Josef lo tomo cuidadosamente y lo desdoblo. Para su sorpresa, era un mapa, y cuando siguio sus instrucciones descubrió un tesoro enterrado con las mas grandes riquezas que jamas hubiera imaginado.

Pasaron cinco años. Un día, cuando el Baal Shem Tov y sus alumnos iban de nuevo por el camino, se cruzaron con un elegante carruaje que iba en dirección contraria.
Cuando los alumnos vieron el carruaje se sorprendieron al ver al hombre pobre que se había esforzado por darles de cenar cinco años antes. A su lado estaba su esposa, y no solo daban la apariencia de ser acaudalados, sino de no tener preocupación alguna.
Cuando los alumnos pidieron una explicación a su maestro, el Baal Shem Tov sonrio con serenidad, como si supiera que eso iba a ocurrir.
– Josef estaba destinado a la dicha y a la plenitud – dijo a sus alumnos -, pero nunca se le ocurrió pedir nada de lo que le estaba destinado. Para él hubiera sido bastante pasar el resto de su vida con su vaca escuálida.
– Por eso tuve que ayudarlo a deshacerse de ella.

¨La única manera de alcanzar la dicha y la plenitud autenticas es convertirse en un ser generoso¨

Decálogo del optimista

  1. Los optimistas se aman, procuran un alto nivel de autoestima, se valoran y aprovechan lo mejor posible sus talentos personales innatos.
  2. Los optimistas aceptan a los demás como son, y no malgastan energías queriendo cambiarlos, sólo influyen en ellos con paciencia y tolerancia.
  3. Los optimistas son espirituales, cultivan una excelente relación con Dios y tienen en su fe una viva fuente de luz y de esperanza.
  4. Los optimistas disfrutan del “aquí” y el “ahora”, no viajan al pasado con el sentimiento de culpa ni el rencor, ni al futuro con angustia. Disfrutan con buen humor y con amor.
  5. Los optimistas ven oportunidades en las dificultades, cuenta con la lección que nos ofrecen los errores y tienen habilidad para aprender de los fracasos.
  6. Los optimistas son entusiastas, dan la vida por sus sueños y están convencidos de que la confianza y el compromiso personal obran milagros.
  7. Los optimistas son íntegros y de principios sólidos, por eso disfrutan de paz interior y la irradian y comparten, aún en medio de problemas y crisis.
  8. Los optimistas no se desgastan en la crítica destructiva y ven la envidia como un veneno. No son espectadores de las crisis sino protagonistas del cambio.
  9. Los optimistas cuidan sus relaciones interpersonales con esmero, saben trabajar en equipo y son animosos sembradores de fe, esperanza y alegrías.
  10. Los optimistas también tienen épocas difíciles, pero no se rinden ni se dejan aplastar por su peso, ya que saben que aún la noche más oscura tiene un claro amanecer y que por encima de las nubes más densas sigue brillando el sol; que todo túnel, por más largo y oscuro que sea siempre tendrá otra salida y que todo río siempre tiene dos orillas.

Autor: Gonzalo Gallo G. (Oasis)

Envejecer es obligatorio, crecer es opcional

Una historia real que sucedió en la Universidad de Antioquia – Medellín, Colombia

El primer día de clases en la Universidad, nuestro profesor se presentó a los alumnos y nos animó a que nos presentásemos a alguien que no conociésemos todavía. Me quedé de pie para mirar alrededor cuando una mano suave tocó mi hombro. Miré para atrás y vi una pequeña señora, viejita y arrugada, sonriéndome radiante, con una sonrisa que iluminaba todo su ser.

Dijo:
– Eh, muchacho… Mi nombre es Rosa. Tengo ochenta y siete años de edad. ¿Puedo darte un abrazo?

Me reí y respondí: – ¡Claro que puede!
Y ella me dio un gigantesco apretón.

“¿Por qué está Ud. en la facultad a su edad?”, pregunté.

Respondió juguetona:
–  Estoy aquí para encontrar un marido rico, casarme, tener un montón de hijos y entonces jubilarme y viajar.

“Está bromeando”, le dije. Yo estaba curioso por saber qué la había motivado a entrar en este desafío con su edad; y ella dijo: “Siempre soñé con tener estudios universitarios, y ahora estoy teniendo uno!”.

Después de clase caminamos hasta el edificio de la cafetería y compartimos una limonada. Nos hicimos amigos instantáneamente. Todos los días en los siguientes tres meses teníamos clase juntos y hablábamos sin parar. Yo quedaba siempre extasiado oyendo a aquella “máquina del tiempo” compartir su experiencia y sabiduría conmigo. En el curso de un año, Rosa se volvió un icono en el campus universitario y hacía amigos fácilmente dondequiera que iba. Adoraba vestirse bien, y se reflejaba en la atención que le daban los otros estudiantes. Estaba disfrutando la vida…

Al fin del semestre invitamos a Rosa a hablar en nuestro banquete del equipo de fútbol. Fue presentada y se aproximó al pódium. Cuando comenzó a leer su charla preparada, dejó caer tres de las cinco hojas al suelo. Frustrada, tomó el micrófono y dijo simplemente:

–  Discúlpenme, ¡estoy tan nerviosa! …Nunca conseguiré colocar mis papeles en orden de nuevo, así que déjenme hablarles sobre aquello que sé.

Mientras reíamos, ella despejó su garganta y comenzó:
–  No dejamos de jugar porque envejecemos; envejecemos porque dejamos de jugar.
–  Existen solamente tres secretos para que continuemos jóvenes, felices y obteniendo éxito:

  • Se necesita reír y encontrar humor en cada día.
  • Se necesita tener un sueño, pues cuando éstos se pierden, uno muere… ¡Hay tantas personas caminando por ahí que están muertas y ni siquiera lo sospechan!
  • Se necesita conocer la diferencia entre envejecer y crecer.

–  Si usted tiene diecinueve años de edad y se queda tirado en la cama por un año entero sin hacer nada productivo, terminará con veinte años… Si yo tengo ochenta y siete años y me quedo en la cama por un año y no hago cosa alguna, quedaré con ochenta y ocho años…

  • Cualquiera consigue quedar más viejo. Eso no exige talento ni habilidad. La idea es crecer a través de la vida y encontrar siempre oportunidad en la novedad.
  • Los viejos generalmente no se arrepienten por aquello que hicieron, sino por aquellas cosas que dejaron de hacer.
  • Las únicas personas que tienen miedo de la muerte son aquellas que tienen remordimientos.

Al fin de ese año, Rosa terminó el último año de la facultad que comenzó tantos años atrás. Una semana después de recibirse, Rosa murió tranquilamente durante el sueño. Más de dos mil alumnos de la facultad fuimos a su funeral en tributo a la maravillosa mujer que enseñó, a través del ejemplo, que
“nunca es demasiado tarde para ser todo aquello que uno puede probablemente ser”.