El vuelo de los gansos

El próximo otoño cuando veas los gansos dirigiéndose hacia el norte para pasar el invierno, fíjate en que vuelan formando una V….Tal vez te interese saber lo que la ciencia ha descubierto acerca del por qué vuelan de esa manera.

Se ha comprobado que cuando cada pájaro bate sus alas, produce un movimiento en el aire que ayuda al pájaro que va detrás de él. Volando en V toda la bandada aumenta por lo menos un 70% su poder de vuelo que si cada pájaro volara solo. Cada vez que un ganso se sale de la formación siente inmediatamente la resistencia del aire, se da cuenta de la dificultad de hacerlo solo y rápidamente regresa a la formación para beneficiarse de la ayuda del compañero que va adelante.

Cuando el líder de los gansos se cansa, se pasa a otro de los puestos de atrás y otro ganso toma su lugar. Los gansos que van detrás graznan para alentar a los que van adelante, y esto les ayuda a mantener la velocidad.

Finalmente, cuando un ganso se enferma, o es herido por un disparo, otros dos gansos se salen de la formación y lo siguen para ayudarlo o protegerlo. Se quedan acompañándolo hasta que está nuevamente en condiciones de volar o muere, y sólo entonces los dos acompañantes vuelven a su bandada o se unen a otro grupo.

 

Las personas que comparten una dirección común y tienen sentido de comunidad, pueden llegar a cumplir sus objetivos más fácil y rápidamente, porque van apoyándose mutuamente, haciendo que los logros sean aún mejores. Si nos unimos y nos mantenemos junto a aquellos que van en nuestra misma dirección, el esfuerzo será menor. Será más sencillo y placentero el logro de alcanzar las metas previstas.

Empujar la piedra con todas sus fuerzas

Un hombre dormía en su cabaña cuando de repente una luz iluminó la habitación y apareció Dios.

El Señor le dijo que tenía un trabajo para él y le enseñó una gran roca frente a la cabaña. Le explicó que debía empujar la piedra con todas sus fuerzas.

El hombre hizo lo que el Señor le pidió, día tras día. Por muchos años, desde que salía el sol hasta el ocaso, el hombre empujaba la fría piedra con todas sus fuerzas… y esta no se movía.

Todas las noches el hombre regresaba a su cabaña muy cansado y sintiendo que todos sus esfuerzos eran en vano. Como el hombre empezó a sentirse frustrado Satanás (el Oponente) decidió entrar en el juego trayendo pensamientos a su mente: has estado empujando esa roca por mucho tiempo, y no se ha movido.

Le dio al hombre la impresión que la tarea que le había sido encomendada era imposible de realizar y que él era un fracaso. Estos pensamientos incrementaron su sentimiento de frustración y desilusión.

Satanás le dijo: por qué esforzarte todo el día en esta tarea imposible.

Solo haz un mínimo esfuerzo y será suficiente.

El hombre pensó en poner en práctica esto pero antes decidió elevar una oración al Señor y confesar le sus sentimientos: “Señor, he trabajado duro por mucho tiempo a tu servicio. He empleado toda mi fuerza para conseguir lo que me pediste, pero aún así, no he podido mover la roca ni un milímetro. ¿Qué pasa? ¿Por qué he fracasado?”.

El Señor le respondió con compasión: Querido amigo, cuando te pedí que me sirvieras y tu aceptaste, te dije que tu tarea era empujar contra la roca con todas tus fuerzas, y lo has hecho. Nunca dije que esperaba que la movieras. Tu tarea era empujar.

Ahora vienes a mi sin fuerzas a decirme que has fracasado, pero ¿en realidad fracasaste? Mírate ahora, tus brazos están fuertes y musculosos, tu espalda fuerte y bronceada, tus manos callosas por la constante presión, tus piernas se han vuelto duras. A pesar de la adversidad has crecido mucho y tus habilidades ahora son mayores que las que tuviste alguna vez.

Cierto, no has movido la roca, pero tu misión era ser obediente y empujar para ejercitar tu fe en mi. Eso lo has conseguido. Ahora, querido amigo, yo moveré la roca.

….

Algunas veces, cuando escuchamos la palabra del Señor, tratamos de utilizar nuestro intelecto para descifrar su voluntad, cuando en realidad Dios solo nos pide obediencia y fe en él. Debemos ejercitar nuestra fe, que mueve montañas, pero conscientes que es Dios quien al final logra mover las.

Cuando todo parezca ir mal… solo ¡EMPUJA!
Cuando estés agotado por el trabajo… solo ¡EMPUJA!
Cuando la gente no se comporte de la manera que te parece que debería… solo ¡EMPUJA!
Cuando no tienes más dinero para pagar tus cuentas… solo ¡EMPUJA!
Cuando la gente simplemente no te comprende… solo ¡EMPUJA!
Cuando te sientas agotado y sin fuerzas… solo ¡EMPUJA!
Hay rocas imposibles de mover o de cambiar. Tal vez ESA no es nuestra misión.
Un fuerte abrazo, luz y bendiciones para que nunca dejes de “empujar”

Desconocido

Hay regalos que no conviene recibir

Era un profesor comprometido y estricto, conocido también por sus alumnos como un hombre justo y comprensivo. Al terminar la clase, ese día de verano, mientras el maestro organizaba unos documentos encima de su escritorio, se le acercó uno de sus alumnos y en forma desafiante le dijo:
“-Profesor, lo que me alegra de haber terminado la clase es que no tendré que escuchar más sus tonterías y podré descansar de verle esa cara aburridora.
El alumno estaba erguido, con semblante arrogante, en espera de que el maestro reaccionara ofendido y descontrolado. El profesor miró al alumno por un instante y en forma muy tranquila le preguntó:

-¿Cuándo alguien te ofrece algo que no quieres, lo recibes?

El alumno quedó desconcertado por la calidez de la sorpresiva pregunta.
-Por supuesto que no. Contestó de nuevo en tono despectivo el muchacho.
-Bueno, prosiguió el profesor, cuando alguien intenta ofenderme o me dice algo desagradable, me está ofreciendo algo, en este caso una emoción de rabia y rencor, que puedo decidir no aceptar.

-No entiendo a qué se refiere. Dijo el alumno confundido.

-Muy sencillo -replicó el profesor -, tú me estás ofreciendo rabia y desprecio y si yo me siento ofendido o me pongo furioso, estaré aceptando tu regalo, y yo, en verdad, prefiero obsequiarme mi propia serenidad. Muchacho -concluyó el profesor en tono gentil-, tu rabia pasará, pero no trates de dejarla conmigo, porque no me interesa, yo no puedo controlar lo que tú llevas en tu corazónpero de mí depende lo que yo cargo en el mío.”

Cada día en todo momento, tú puedes escoger qué emociones o sentimientos quieres poner en tu corazón y lo que elijas lo tendrás hasta que tú decidas cambiarlo.
Es tan grande la libertad que nos da la vida que hasta tenemos la opción de amargarnos o ser felices.

El bambú japonés

No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego.También es obvio que quien cultiva la tierra no se detiene impaciente frente a la semilla sembrada, y grita con todas sus fuerzas: ¡Crece, maldita sea! Hay algo muy curioso que sucede con el bambú y que lo transforma en no apto para impacientes:
Siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente.
Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.
Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú crece
¡más de 30metros!
¿Tardó sólo seis semanas crecer?
No, la verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse.
Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.
Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados, sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo.
Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta.
Es tarea difícil convencer al impaciente que sólo llegan al éxito aquellos que luchan en forma perseverante y saben esperar el momento adecuado.
De igual manera es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creemos que nada está sucediendo.
Y esto puede ser extremadamente frustrante.
En esos momentos (que todos tenemos), recordar el ciclo de maduración del bambú japonés, y aceptar que en tanto no bajemos los brazos -, ni abandonemos por no “ver” el resultado que esperamos-, si está sucediendo algo dentro nuestro: estamos creciendo, madurando.
Quienes no se dan por vencidos, van gradual e imperceptiblemente creando los hábitos y el temple que les permitirá sostener el éxito cuando éste al fin se materialice.
El triunfo no es más que un proceso que lleva tiempo y dedicación.
Un proceso que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros.
Un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia.
Tiempo… Cómo nos cuestan las esperas, qué poco ejercitamos la paciencia en este mundo agitado en el que vivimos…
Apuramos a nuestros hijos en su crecimiento, apuramos al chofer del taxi… nosotros mismos hacemos las cosas apurados, no se sabe bien por qué…
Perdemos la fe cuando los resultados no se dan en el plazo que esperábamos, abandonamos nuestros sueños, nos generamos patologías que provienen de la ansiedad, del estrés…
¿Para qué?
Te propongo tratar de recuperar la perseverancia, la espera, la aceptación.
Si no consigues lo que anhelas, no desesperes…
quizá solo estés echando raíces….

Dar de Corazón

Hubo una vez un mendigo, que estaba tendido al lado de la calle.
Vió a lo lejos venir al Rey, con su Corona y Capa.
Pensó: Le voy a pedir, y seguramente me dará bastante.
Cuando el Rey pasó cerca, le dijo:
-Su Majestad, ¿Me podría, por favor, regalar una moneda?
Aunque en su interior pensaba que el Rey le iba a dar mucho más.

El Rey lo miró y le dijo:
-¿Por qué no me das algo tú? ¿Acaso no soy tu Rey?.

El mendigo no sabía que responder a la pregunta, y dijo:
-Pero Su Majestad, ¡YO NO TENGO NADA!.

El Rey respondió:
-Algo debes de tener. ¡BUSCA!

Entre su asombro y enojo el mendigo buscó entre sus cosas, y supo que tenía una naranja, un pedazo de pan, y unos granos de arroz. Pensó que el pedazo de pan y la naranja eran mucho, así que sólo tomó 5 granos de arroz y se los dio al Rey.

Complacido, el Rey dijo:
-¡VES COMO SÍ TENIAS!. Y le regaló 5 Monedas de Oro: una por cada grano de arroz.

El Mendigo dijo entonces:
-Su Majestad, creo que acá tengo otras cosas

Pero el rey no le hizo caso y dijo:
-Solamente te daré lo que me has dado con el corazón. Y se marcho.

Los dos sacos

Hay una antigua leyenda acerca de tres hombres, cada uno de los cuales, cargaba dos sacos, sujetos a sus cuellos: uno al frente y el otro a sus espaldas.
Cuando al primero de ellos le preguntaron que había en sus sacos, él dijo:
-“Todo cuanto de bueno me han dado mis amigos se halla en el saco de atrás, ahí fuera de la vista, y al poco tiempo olvidado.” El de adelante contiene todas las cosas desagradables que me han acontecido y, en mi andar, me detengo con frecuencia, saco esas cosas y las examino desde todos los ángulos posibles. Me concentro en ellas y las estudio. Y dirijo todos mis sentimientos y pensamientos hacia ellas.
Como el primer hombre siempre se estaba deteniendo para reflexionar sobre las cosas desafortunadas que le habían sucedido en el pasado, lograba avanzar muy poco.

Cuando al segundo hombre le preguntaron qué era lo que llevaba en sus dos sacos, este respondió:
– “En el saco de enfrente están todas las buenas acciones que he hecho. Las llevo delante de mí y continuamente las saco y las exhibo para que todo mundo las vea. Mientras que el saco que llevo atrás, contiene todos mis errores. Los llevo consigo a dondequiera que voy. Es mucho lo que pesan y no me permiten avanzar con rapidez, pero por alguna razón, no puedo desprenderme de ellos.”

Al preguntarle al tercer hombre sobre sus sacos, él contestó:
-“El saco que llevo al frente, está lleno de maravillosos pensamientos acerca de la gente, los actos bondadosos que han realizado y todo cuanto de bueno he tenido en mi vida. Es un saco muy grande y está lleno, pero no pesa mucho. Su peso es como las velas de un barco -lejos de ser una carga- me ayudan a avanzar. Por su parte, el saco que llevo a mis espaldas está vacío, pues le he hecho un gran orificio en el fondo. En ese saco, puse todo lo que de malo escuché de los demás, así como todo lo que de malo a veces pienso de mí mismo. Esas cosas se fueron saliendo por el agujero, y se perdieron para siempre, de modo que ya no hay peso que me haga más penoso el trayecto.”

El Niño y la Mesera

En los días en que un helado costaba mucho menos, un niño de 10 años entró en un establecimiento y se sentó a una mesa. La mesera puso un vaso de agua en frente de el.

– ¿Cuánto cuesta un helado de chocolate con cacahuates? preguntó el niño.

– Cincuenta centavos, respondió la mesera.

El niño saco su mano de su bolsillo y examinó un número de monedas.

– ¿Cuánto cuesta un helado solo?, volvió a preguntar. (En ese momento habían algunas personas que estaban esperando por una mesa y la mesera ya estaba un poco impaciente).

– Treinta y cinco centavos, dijo ella bruscamente. El niño volvió a contar las monedas.

– Quiero el helado solo, dijo el niño.

La mesera le trajo el helado, puso la cuenta en la mesa y se fue.

El niño terminó el helado, pagó en la caja y se fue.

Cuando la mesera volvió, ella empezó a limpiar la mesa y entonces le costo tragar saliva con lo que vió… Allí, puesto ordenadamente junto al plato vacío, habían veinticinco centavos… Su propina!

El consejo de la historia: ¡Jamás juzgues a alguien solo por las apariencias! y ¡siempre considera que aquellos a quienes sirves pueden darte una sorpresa!

El verdadero valor del anillo

-Vengo maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:
-Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después…
Y, haciendo una pausa, agregó:
-Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
-E… encantado, maestro –titubeó el joven, sintiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
-Bien –continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió: -Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.
Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan solo un anciano fue lo bastante amable para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa como para entregarla a cambio de un anillo. Con el afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
-Maestro –dijo-, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizá hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-Eso que has dicho es muy importante, joven amigo –contestó sonriente el maestro-. Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca; no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:
-Dile al maestro, muchacho, que si quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas oro por su anillo.
-¿Cincuenta y ocho monedas? –exclamó el joven.
-Sí –replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente…
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
-Siéntate –dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como ese anillo; una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.

(Cuento Sefardí)

El café.. la vida…


Un grupo de profesionales, todos triunfadores en sus respectivas carreras, se juntó para visitar a su antiguo profesor.
Pronto la charla devino en quejas acerca del interminable ‘stress’ que les producía el trabajo y la vida en general.
El profesor les ofreció café, fue a la cocina y pronto regresó con una cafetera grande y una selección de tazas de lo más ecléctica: de porcelana, plástico, vidrio, cristal -unas sencillas y baratas, otras decoradas, unas caras, otras realmente exquisitas… Tranquilamente les dijo que escogieran una taza y se sirvieran un poco del café recién preparado.
Cuando lo hubieron hecho, el viejo maestro se aclaró la garganta y con mucha calma y paciencia se dirigió al grupo: ‘Se habrán dado cuenta de que todas las tazas que lucían bonitas se terminaron primero y quedaron pocas de las más sencillas y baratas; lo que es natural, ya que cada quien prefiere lo mejor para sí mismo.
Ésa es realmente la causa de muchos de sus problemas relativos al ‘stress.’
Continuó: ‘Les aseguro que la taza no le añadió calidad al café.
En verdad la taza solamente disfraza o reviste lo que bebemos.
Lo que ustedes querían era el café, no la taza, pero instintivamente buscaron las mejores.
Después se pusieron a mirar las tazas de los demás. Ahora piensen en esto: La vida es el café. Los trabajos, el dinero, la posición social, etc. son meras tazas, que le dan forma y soporte a la vida y el tipo de taza que tengamos no define ni cambia realmente la calidad de vida que llevemos.
A menudo, por concentrarnos sólo en la taza dejamos de disfrutar el café.
¡Disfruten su café!
La gente más feliz no es la que tiene lo mejor de todo sino la que hace lo mejor con lo que tiene; así pues, recuérdenlo:
* Vivan de manera sencilla.
* Tengan paz.
* Amen y actúen generosamente.
* Sean solidarios y solícitos
* Hablen con amabilidad.

El resto déjenselo a Dios. y recuerden que: la persona más rica no es la que tiene más sino la que necesita menos …..

El visitante inesperado

Hace cientos de años, en algún lugar de Europa oriental, vivían un hombre muy pobre y su esposa. Sus nombres eran Josef y Rebela, y su hogar, no mas que una casucha. Su única posesión era una escuálida vaca, de cuya leche y queso se alimentaban y obtenían ganancias.
Una tarde, poco antes del ocaso, Josef escucho que tocaban a la puerta. Cuando la abrió, quedo boquiabierto por la sorpresa.
Ante él se encontraba el hombre conocido como el mas grande kabbalista del mundo, el Baal Shem Tov, “el maestro del nombre divino”. Venia acompañado por unos alumnos, que respetuosamente permanecían detrás de él.
– Hemos viajado todo el día y pronto será de noche – dijo el el Baal Shem Tov . ¿Podemos cenar contigo?.
– Claro, claro, – respondió Josef, haciéndose a un lado mientras el maestro y sus alumnos entraban a la choza.
En ese momento, Rebeca, que estaba junto a la estufa, miro por encima de su hombro. La presencia del gran maestro la sorprendió y asusto un poco.
– -Muy bien – dijo el el Baal Shem Tov, mirando a su alrededor, pero tengo que decirte que después de nuestros viajes, a mis alumnos y a mi nos da mucha hambre. Nos gustarían algunos finos cortes de carne, verduras frescas y por supuesto un poco de buen vino.
– Tu puedes darnos esto ¿verdad?
Josef dudo un momento, pero luego asintió con entusiasmo.
– ¡Oh, si, si! -dijo-. Este es un gran honor para nosotros y queremos darles todo lo que deseen. Solo permítame hablar con mi esposa un momento.
El hombre y Rebeca se apartaron en una esquina de la habitación.
– ¿Qué vamos hacer? – pregunto Rebeca ansiosamente. ¿Cómo vamos a darle a estos hombres lo que quieren?. No tenemos carne ni verduras y el vino que bebemos no es digno del Baal Shem Tov.
Josef reflexiono un momento y dijo:
– Solo hay una cosa que podemos hacer: tengo que vender la vaca para comprar comida. ¡No hay tiempo que perder!.
Antes de que su esposa pudiera protestar, Josef salió por la puerta rápidamente.
Menos de una hora después, Josef regresó con los alimentos que el Baal Shem Tov habia pedido y Rebeca se apresuro a prepararlos. Josef y Rebeca se sorprendieron al ver la manera en que el gran kabbalista comía y comía, bebía y bebía. Tan pronto terminaba un plato, pedía otro.
¡Era como una maquina! Incluso sus alumnos estaban sorprendidos. Parecía que el Baal Shem Tovse había propuesto vaciar la despensa ¡ y eso era lo que estaba haciendo!
Luego de pasar el ultimo bocado, el Baal Shem Tov hizo su silla hacia atrás y se puso de pie.
– ¡Estuvo delicioso! Les agradezco mucho – dijo -. Ahora que hemos recargado energías para el camino, nos retiramos.
En un instante, él y sus alumnos se fueron tan de improviso como habían llegado.
– ¡Ahora si la hicimos buena! – dijo Rebeca cuando la puerta se cerro detrás de los visitantes. Ya no tenemos nada, ¡ni siquiera esa escuálida vaca!. ¿Qué vamos hacer Josef?.
– ¡Vamos a morir de hambre!
Incapaz de ver llorar a su esposa, Josef abrió la puerta y salió a la helada noche.

Pronto se encontró caminando por el bosque, totalmente perdido. ¿Cómo iba a resolver la terrible situación a la que él y Rebeca se enfrentaban?. Entonces, sin pensar, Josef cerro los ojos, cayo de rodillas y empezó a rezar. Rezo desde el fondo de su corazón, pidiendo todo lo que nunca había tenido, no solo él, también su esposa que había sufrido tanto.

En ese instante, Josef escucho el crujido de unas ramas detrás de si, al abrir los ojos vio a una persona entrar tambaleante en el claro. Era un anciano, bien vestido pero despeinado, y que a toda luces había estado bebiendo. Cuando su mirada se cruzo con la de Josef, sus ojos brillaron de alegría.
– Me alegra tanto que haya alguien aquí – dijo el anciano arrastrando las palabras.
– No quiero morir solo.
– ¿Morir? – exclamo Josef poniéndose de pie. No vas a morir, solo has bebido demasiado.
Pero tan pronto como Josef estiro la mano para estabilizar al anciano, éste dio un suspiro y cayo al suelo. Cuando Josef se arrodillo a su lado, el hombre le contó una historia sumamente triste.
Era un hombre muy rico, pero a su familia lo único que le importaba era el dinero. De hecho, como buitres, solo estaban esperando que muriera para echar mano a su fortuna.
– Pero se van a llevar una sorpresa – dijo el anciano, sonriendo con amargura. No saben que he enterrado el tesoro en el bosque. ¡ No tendrán nada porque no merecen nada!
– Lamento que le haya ocurrido todo esto contesto Josef. Hace frío y necesita un lugar cálido para descansar.
– El anciano solo negó con la cabeza. Es demasiado tarde para eso – dijo – .
– Pero tu has sido muy amable conmigo. No me habían tratado asi en años, asi que voy a corresponder tu amabilidad. Mira…
El anciano metió la mano en el bolsillo de su saco, pero súbitamente empezó a toser y sus ojos se cerraron. Josef se inclino rápidamente para ayudarlo, pero el hombre había muerto. Josef estaba mas asustado y confundido que nunca. Sin embargo, al mirar el cuerpo que estaba a su lado, vio que justo antes de morir el hombre había sacado un trozo de papel de su bolsillo. Josef lo tomo cuidadosamente y lo desdoblo. Para su sorpresa, era un mapa, y cuando siguio sus instrucciones descubrió un tesoro enterrado con las mas grandes riquezas que jamas hubiera imaginado.

Pasaron cinco años. Un día, cuando el Baal Shem Tov y sus alumnos iban de nuevo por el camino, se cruzaron con un elegante carruaje que iba en dirección contraria.
Cuando los alumnos vieron el carruaje se sorprendieron al ver al hombre pobre que se había esforzado por darles de cenar cinco años antes. A su lado estaba su esposa, y no solo daban la apariencia de ser acaudalados, sino de no tener preocupación alguna.
Cuando los alumnos pidieron una explicación a su maestro, el Baal Shem Tov sonrio con serenidad, como si supiera que eso iba a ocurrir.
– Josef estaba destinado a la dicha y a la plenitud – dijo a sus alumnos -, pero nunca se le ocurrió pedir nada de lo que le estaba destinado. Para él hubiera sido bastante pasar el resto de su vida con su vaca escuálida.
– Por eso tuve que ayudarlo a deshacerse de ella.

¨La única manera de alcanzar la dicha y la plenitud autenticas es convertirse en un ser generoso¨