Hacer espacio para Dios

Hay una historia sobre un golpe de estado que ocurrió en un pequeño reino. Cuando los soldados llegaron en búsqueda del rey para matarlo, él había huido a la ciudad y se escondió en una sastrería. El sastre, al reconocer inmediatamente a su importante invitado, sin muchos rodeos lo escondió bajo una gran pila de ropa.

Al corto tiempo, los soldados tomaron la sastrería por asalto con espadas en mano, gritando: “¡Sabemos que el rey se está escondiendo aquí!”. Clavando sus espadas repetidamente en la pila de ropa, esquivaron al rey por tan sólo unos centímetros. Al no encontrar nada, los soldados se fueron indignados y entraron en la tienda de al lado.

Cuando el rey salió de la pila de ropa, le dijo al amable y viejo sastre: “Gracias. Ha salvado mi vida. Por esto, le concederé tres deseos”. Sorprendido y emocionado, el humilde sastre pensó por unos momentos y pidió: “Primero, cuando regrese al poder, me gustaría que declarara un Día Nacional del Sastre. Segundo, a todos los sastres del reino se les debe pagar el doble. Y tercero… ” hizo una pausa antes de decir “Debo decir que tengo la curiosidad. Quiero saber algo: ¿Cómo se sintió usted, el rey, cuando estas personas intentaron matarlo?”.

“Hecho”, dijo el rey, y con esto abandonó la sastrería.

El golpe de estado fracasó y el rey regresó a su trono. Como su primera orden, anunció el Día Nacional del Sastre, también proclamó que todos los sastres del reino debían ganar el doble. Después ordenó que arrestaran al sastre y lo trajeran a la horca. Aterrado y desconcertado, el sastre no podía imaginar cómo y por qué lo estaban tratando tan mal. El lazo fue colocado alrededor del cuello del sastre, pero justo antes de que tiraran de la palanca, el rey intervino y gritó: “¡Libérenlo!”. El sastre regresó al rey, aún temblando de miedo. Cuando se vieron a los ojos, el rey dijo tranquilamente: “Ahora tu tercer deseo ha sido cumplido. ¡Ahora sabes cómo se siente!”.

El objetivo de la historia es que tal vez creamos saber por lo que los demás están pasando, pero hasta que no caminemos en sus zapatos, en realidad no lo sabemos. Es por ello que cuando nos encontramos con una persona difícil, es sabio actuar con compasión y aceptación.

Afrontémoslo. Todos juzgamos. Observamos a las personas y las juzgamos; por la forma que visten, la manera que caminan, la forma que hablan. El problema es que, a veces, nos llenamos tanto de juicio que no dejamos espacio para el amor. Estamos tan llenos de nosotros mismos (quienes creemos que somos, lo que creemos que merecemos) que no hay espacio para los demás y no hay espacio para la Luz.

Esta semana, recordemos que el verdadero crecimiento espiritual ocurre cuando incrementamos nuestra empatía, nuestra capacidad de sentir el dolor de otro. ¿Cómo? Al abrir nuestro corazón para ocuparnos, en lugar de abrir nuestras mentes para juzgar. Después de todo, hay tanta positividad en lo peor de nosotros y tanta negatividad en lo mejor de nosotros, que no nos conviene encontrar fallas en los demás.

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Karen Berg

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